Los Kilómetros del olvido
Your browser doesn't support HTML5 video.
- Por Editora M
-Sobrevivir donde la ciudad no llega
Ciudad Juárez.– En los márgenes de la ciudad, donde el pavimento se desvanece y el mapa pierde precisión, comienzan “los kilómetros”: asentamientos que no nacieron del desarrollo urbano, sino de la necesidad.
Colonias sin nombre claro, sin calles trazadas y, muchas veces, sin reconocimiento oficial. Lugares donde la vida inicia cuesta arriba y donde cada día se sobrevive más que se vive.
Ahí, entre caminos de tierra y viviendas levantadas con madera, cartón y lámina, se dibuja una de las radiografías más crudas de la desigualdad en Ciudad Juárez.
Nacer en la marginación
Las colonias de los kilómetros ubicadas principalmente al poniente y suroriente de la ciudad, comparten un origen común; la urgencia de tener un lugar donde vivir. Son asentamientos irregulares que crecen sin planeación urbana, sin servicios básicos y, en muchos casos, sin certeza jurídica sobre la tierra.
Desde su gestación, estas comunidades cargan con el peso de la marginación, la pobreza y el abandono institucional.
Aquí, miles de familias viven sin acceso a energía eléctrica formal, sin agua potable entubada, sin drenaje ni gas.
El alumbrado público es inexistente, el transporte escaso o nulo, y las calles cuando existen, son apenas brechas que el polvo cubre de día y el lodo vuelve intransitables cuando llueve.
No hay nomenclatura. No hay rutas claras. No hay ciudad.
La radiografía social
De acuerdo con datos censales y estimaciones de organizaciones locales, una parte significativa de la población que habita en estos asentamientos proviene de otros estados del país: Veracruz, Chiapas, Oaxaca, Ciudad de México, Zacatecas.
Migraron buscando una oportunidad en la frontera, atraídos por la industria maquiladora o por la promesa de empleo.
Y aunque muchos lograron insertarse en la economía local, el acceso a vivienda digna sigue siendo una deuda pendiente.
La mayoría de los habitantes trabaja como operadores en la industria maquiladora, con jornadas largas y salarios limitados. Otros sobreviven del oficio: albañiles, herreros, ayudantes de construcción.
Manos que levantan la ciudad formal; mientras sus propias casas siguen en la precariedad.
Vivir sin servicios, y sin garantías
En los kilómetros, la ausencia de servicios no es una excepción, es la regla.
El agua llega en pipas cuando llega y se almacena en tambos.
La electricidad, en muchos casos, se obtiene mediante conexiones irregulares que representan un riesgo constante.
El drenaje no existe; las fosas sépticas improvisadas son la única alternativa.
La basura se acumula o se quema.
La vida cotidiana implica resolver lo que en otras partes de la ciudad se da por hecho.
Pero esa precariedad también cobra factura en seguridad y salud, señalan vecinos del lugar.
Cuando la emergencia no puede llegar
Don Manuel lo cuenta con la resignación de quien ha tenido que empezar de nuevo más de una vez. Lleva dos años viviendo en la zona.
Hace unos meses, un incendio arrasó con su vivienda. “Lo perdí todo”, dice.
Como él, otras familias han tenido que moverse de terreno, reconstruir con lo poco que tienen y volver a intentar.
En medio de esa adversidad, Don Manuel y al menos diez familias más han intentado organizarse. Formaron un comité vecinal de ayuda mutua.
Se apoyan entre ellos, buscan soluciones colectivas y, sobre todo, intentan hacerse visibles.
“Queremos que nos volteen a ver”, resume.
Doña Rosa, otra habitante, no habla de política ni de promesas.
Habla de urgencias.
Su esposo sufrió un accidente mientras trabajaba en la construcción de su propia vivienda.
La ambulancia no pudo llegar.
“El acceso es muy difícil. Se tardaron mucho… demasiado”, relata.
En los kilómetros, una emergencia puede convertirse en tragedia simplemente porque el camino no existe.
Impacto ambiental: sobrevivir también cuesta
La precariedad no solo golpea a las familias, también al entorno.
Ante la falta de recolección de basura, muchos vecinos se ven obligados a quemarla, generando contaminación.
Las fosas sépticas improvisadas representan riesgos sanitarios y afectan el subsuelo.
La expansión irregular también invade zonas naturales, alterando el hábitat de fauna silvestre que poco a poco desaparece o se desplaza.
Los habitantes lo saben. Son conscientes del impacto, pero también de la falta de alternativas.
“No es que queramos hacerlo así… es que no hay de otra”, admite uno de los vecinos.
La lucha por existir
En los kilómetros, la lucha diaria no solo es por el sustento, sino por el reconocimiento.
Regularizar la tierra es uno de los principales objetivos de los habitantes.
Tener certeza jurídica significaría, al menos, la posibilidad de acceder a servicios, programas y apoyo institucional.
Pero mientras eso ocurre, si ocurre, la vida continúa en condiciones que evidencian una fractura profunda en el modelo de ciudad.
Una ciudad donde hay zonas con desarrollo vertical, centros comerciales y vialidades modernas y otras donde aún no hay ni calles.
El otro rostro de Ciudad Juárez
Los kilómetros no son un caso aislado. Son el reflejo de una realidad que se repite en distintos puntos del poniente y suroriente de la ciudad.
Son territorios donde el crecimiento urbano ha sido más rápido que la planeación, donde la necesidad ha superado a la política pública y donde miles de personas han tenido que construir su vida desde cero.
Ahí, donde el polvo cubre todo, también hay historias de esfuerzo, organización y resistencia.
Pero también hay abandono.
Y mientras la ciudad avanza en algunas zonas, en otras sigue detenida.
Esperando.
Resistiendo.
Exigiendo, aunque sea en silencio, algo tan básico como existir dentro del mapa.